ARGIMIRO CAMUÑAS

Argimiro Camuñas era muy bruto. Argimiro Camuñas era, por lo menos, el más bruto del pueblo. También es verdad que siempre estaba dispuesto a echarle una mano a cualquiera que lo necesitara y sin pararse a pensarlo. Por eso, a pesar de lo bruto que era, estaba muy bien mirado en todos los alrededores.

- Argimiro, que la yegua de Enrique el Bizco está de parto y no sale del paso.
-
Argimiro Camuñas ayudaba a la yegua como Dios le daba a entender y sacaba al potro al mundo y luego se quedaba mirándolo, con la camisa llena de sudor y las lágrimas coméndole por la cara. Argimiro Camuñas no lo sabía pero era tierno como un tocinillo de cielo.

- Argimiro, que el gato de la Mercedes se ha subido al nogal grande de la plaza y no se sabe bajar y la Mercedes está llorando.
-
Argimiro Camuñas se subía al nogal grande de la plaza y sosegaba al gato cantándole el Romance de Gerineldo, después lo cogía por el pellejo del lomo y lo dejaba caer, con mucho tino, en el delantal abierto de la Mercedes. Argimiro Camuñas no lo sabía pero dominaba los secretos de la Naturaleza, incluida la ley de la gravedad.

- Argimiro, que el Facundo y el Blas se están peleando en la taberna y se van a desgraciar.


Argimiro Camuñas se iba para la taberna y agarraba al Facundo y al Blas por los pescuezos y los zamarreaba amba y abajo y para los lados hasta que se les pasaba la irritación. Luego se metía al Blas debajo de un sobaco y al Facundo debajo del otro y se los llevaba a cada uno a su casa. Argimiro Camuñas no lo sabia pero era enérgico como un arroyo desbordado.

Lo que pasa es que también se sabía contener. Si Argimiro Camuñas no se hubiera sabido contener, el pueblo hubiese conocido más de un día de luto y Argimiro Camuñas estaría a estas horas en El Puerto o en Santoña o sabe Dios dónde. Un día, cuando la feria, Ambrosio el de la Encarna se conoce que se hartó de vino y le mentó la madre. Argimiro Camuñas no le dijo nada pero lo agarró por la correa y por los pelos del pecho, se lo echó a cuestas y se lo llevó fuera del pueblo. Cuando llegaron al Olivar del Duende, lo tiró al suelo y se quedó mirándolo de medio lado y de arriba abajo, como las gallinas. Ambrosio el de la Encarna estaba ya rezando el Señor mío Jesucristo cuando Argimiro Camuñas le dijo:

- Y ahora te quedas ahí, solo. Y te callas, que como me cabree te llevo más lejos todavía.


Cuando la siega, Argimiro Camuñas se ponía que se comía el mundo. Como era muy mañoso y bien-mandado, todos se lo rifaban.

- Argimiro, que hay que echarle una mano al Felipe, que está del pecho y tiene al hijo en la mili.
- En acabando este trecho, me llego.

- Argimiro, que la "Golondrina" está medio reventada de trillar y no se quiere levantar de la era. Que qué se hace.
- Darle sopas en vino.

- Argimiro, que a mi tío Gregorio le ha entrado el dolor de muelas y no puede ni comer ni dormir.
- Dile que ya voy con los alicates.


Lo que más le gustaba a Argimiro Camuñas era que lo mirasen cargar los costales de trigo. Sobre todo cuando estaba Antonia la de los Pintos. Agarraba un costal con cada mano, primero uno y luego otro, y los subía al carro de un tirón. Cuando Antonia la de los Pintos lo miraba, con los ojos entornados debajo del sombrero de paja, parecía talmente que a Argimiro Camuñas le daban cuerda.

Fue una mañana, justo después de acabarse la trilla, cuando a Argimiro Camuñas empezaron a salirle las alas. Al principio eran como dos bultitos encima de las paletillas. Argimiro Camuñas fue a que lo viera Don Alfonso.

- ¿Y te duelen?
- No, señor.
- ¿Y te pican?
- No, señor.
- Esto va a ser un lobanillo.
- Pero ¿dos a la vez?
- Aquí, ¿quién es el médico? - Usted.
- Entonces.


Don Alfonso le mandó unturas de Bálsamo del Perú a la hora de acostarse y como Argimiro Camuñas no se llegaba a las paletillas, las unturas se las tenía que dar su madre.

- Mama, no me dé usted tan fuerte que me se escuece el pellejo.
- Tú te callas, que todo lo que escuece cura.
- Bueno.


Una mañana, al despertar, Argimiro Camuñas encontró una pluma encima de la almohada. Al principio no le echó cuentas, pensando que sería de algún palomo, pero cuando se sentó en la cama y se puso a desperezarse reparó en que el culo se le despegaba del colchón. Argimiro Camuñas no lo podía remediar, cuanto más se desperezaba, más alto subía. Argimiro Camuñas se llevó un susto de muerte, todo el cuarto le bailaba debajo de los pies, miró para el techo y se pegó con una viga en la frente, entonces le dio como un flato y se fue resbalando la pared abajo hasta quedarse otra vez sentado en la cama.

A Argimiro Camuñas, se ve que del restregón, le picaba toda la espalda pero cuando echó mano a rascarse tropezó con un huequecillo caliente y suave, como si le hubiera salido un sobaco al lado mismo del espinazo. Siguió palpando y encontró otro sobaco al otro lado. Argimiro Camuñas ya no se atrevió a continuar. Salió disparado. para el espejo del palanganero, se fue dando la vuelta poquito a poco y se quedó lo que se dice cagadito de miedo. De las paletillas le salían dos alas hermosísimas, de color gris perla, como las de un palomo zurito sólo que mucho más grandes. Las alas de Argimiro Camuñas le llegaban hasta poco más arriba de las corvas.

Argimiro Camuñas se pasó lo que quedaba del verano sin salir de su casa, entrena que te entrenarás, desde lo alto del pajar a la higuera del patio, pero cuando llegó la vendimia no tuvo más remedio que salir a trabajar.

- Y ahora 'qué hacemos?
- Tú ni has matado ni has robado ni eres maricón, de manera que tú, a lo tuyo, como todos los días y con la cabeza muy alta.
- Pero, mama.
- Ni mama ni leches. El que no las quiera ver, que no mire.


Su madre le había hecho a Argimiro Camuñas una camisa con dos rajitas en la espalda para que pudiera sacar las alas, así que Argimiro Camuñas se puso su camisa nueva, cogió la talega del almuerzo y tiró para la viña.

Al principio, los otros viñadores lo miraban de reojo y ni se atrevían siquiera a hablarle, hasta que, a media mañana, Argimiro Camuñas se enredó en un sarmiento y se cayó de culo, con las alas abiertas como una llueca. La primera que se rió fue Antonia la de los Pintos, luego, Rosario la Grande y después todos los demás. A Argimiro Camuñas le podía haber entrado la mala leche pero, como no tenía costumbre, lo que le entró fue la risa. Se puso a reírse y, sin darse cuenta, fue subiendo, subiendo hasta que acabó sentado encima del candelecho de la viña. La gente lo miraba con los ojos muy abiertos y la boca estira y afloja entre la risa y el miedo, como si Argimiro Camuñas fuera un tragasables.

Y así se rompió el sortilegio.

- Argimiro, que si puedes llegarte a por agua que tú tardas menos.
- Ya voy.
- Argimiro, que si puedes cambiarle la bombilla a la farola de la plaza, que se ha roto la escalera.
- Bueno.
- Argimiro, que si puedes engrasar la veleta de la iglesia, que chirría mucho.
- Si. señor.


Antonia la de los Pintos estaba embobadita mirando a Argimiro Camuñas engrasar la veleta de la iglesia.

- Parece un San Miguel.
- Lo que parece es una cigüeña - se choteó Rosario la Grande. Rosario la Grande, se veía bien claro, carecía de toda sensibilidad.


Una tarde que Argimiro Camuñas volvía de ayudar a repartir el correo por esos montes de Dios, se topó, es un decir, con Antonia la de los Pintos y como nunca la había visto tan desde arriba, se le alborotó el sentir. Desde arriba, Antonia la de los Pintos tenia el pelo más negro, los pies más pequeños y las tetas más grandes. Argimiro Camuñas viró en redondo y aterrizó a su lado. Con la ventolera que armó, a la Antonia se le alzaron las enaguas y se le vieron los muslos. Los muslos de Antonia la de los Pintos lucían blancos y tiernos como las buenas intenciones. A Argimiro Camuñas le pareció que debían oler a pan recién hecho.

- ¡Anda, Argirniro! ¿Qué haces tú por aquí?
- Ya ves, de repartir cartas ¿y tú?
- A mi casa. Está buena tarde ¿no?
- Pues desde arriba, no veas.
- Una qué sabe, Argimiro, eso tú, que vuelas.

Argimiro Camuñas no se lo pensó dos veces. Cogió en brazos a Antonia la de los Pintos y salió volando con ella. por encima de las casas, le dio dos vueltas a la plaza y se posó en todo lo alto del nogal grande.

- ¡Ay, Argimiro, por Dios, que me se va a ver todo!
- Tú no te preocupes, que yo te tapo.


Desde encima del nogal grande de la plaza, el pueblo parecía un puñadito de garbanzos tostados esparcido entre las viñas.

- ¡Ay, Argimiro, por Dios, que como nos vea mi padre nos mata a los dos!
- Ni faltamos ni nos escondemos, así que no hay que temer.

Mientras la gente se arremolinaba para mirarlos, Antonia la de los Pintos reparó en lo pequeño que era el pueblo, lo grande que era el campo y lo bien que se estaba sentada al fresco, pegadita al Argimiro.

Cuando le dijeron que su hija estaba en lo alto del nogal grande de la plaza, Eugenio el Pinto se lo tomó a cachondeo. Cuando se enteró de que estaba con el Argimiro Camuñas, se puso como un tigre, agarró la escopeta y los quería bajar a tiros.

- ¡Baja de ahí ahora mismo, guarra, más que guarra, que te vas a enterar! iY a ti, como te vuelva a ver con mi Antonia, te capo!

Argimiro Camuñas no perdió la calma, abrió las alas y empezó a descender poquito a poco, como un vilano, con la Antonia en brazos. Cuando llegó al suelo la tomó, muy suave, por la cintura y se fue para Eugenio el Pinto.

-Aquí la tiene usted a la Antonia, como su madre la parió. Y ahora, traiga usted la escopeta, haga usted el favor, no vaya a haber una desgracia.

Eugenio el Pinto no se lo podía creer y estaba como agarrotado, por eso, cuando Argimiro Camuñas le fue a coger la escopeta no la podía soltar y con el forcejeo, los dos empezaron a subir y venga a subir, agarrados a la escopeta. La gente los miraba perderse nogal arriba, con la boca abierta como los pastores del Nacimiento. La Antonia se echó a llorar y salió corriendo en busca de su madre.

Cuando llegaron a lo alto del nogal, Argimiro Camuñas lo sentó en una rama a Eugenio el Pinto, se puso a su vera y le dijo:

- Mire usted Ugenio, yo a la Antonia la quiero y me parece que ella a mí también, con que usted se lo piense.


Eugenio el Pinto lo miraba de canto y respirando muy deprisa, como un mulo espantado, pero no decía nada. Al cabo del rato, como ya estaba oscuro y cada vez había menos que ver, la gente se fue yendo y la plaza se quedó sola.
Por la esquina del casino apareció la Antonia, del brazo de su madre y las dos se pusieron debajo del nogal.
- iUgenio, por tus muertos, que nos buscas la ruina, baja de ahí! - le gritaba la Luisa Zamarro, su señora, a Eugenio el Pinto.
- Usted dirá - lo miró de costadillo Argimiro Camuñas.
- Bueno, venga, vámonos.

Argimiro Camuñas agarró por los sobacos a Eugenio el Pinto, echó a volar y lo dejó con mucha sutileza y miramiento justo al ladito de la Luisa Zamarro, su señora.

La boda se celebró pasadas las Pascuas. Eugenio el Pinto se había querido echar atrás pero su señora la Luisa Zamarro le dijo que los muchachos se querían mucho, que el Argimiro era muy bueno y muy trabajador y que él, el Eugenio el Pinto, de allí en más iba a dormir con la burra si se le ocurría hacer alguna barbaridad, de manera que a Eugenio el Pinto, algo le costó pero se vino a razones.

Por las noches ya se agradecía sentir el fresquito.

La Antonia esperó a que el Argimiro terminara de cenar.
- Argimiro.
- ¿Qué?
- Estoy preñada.

Argimiro Camuñas se la iba a comer a besos
- Argimiro
- ¿Qué?
- ¿Tendrá alas?
- Yo qué sé, mujer.
- Argimiro.
- ¿Qué?
- Mira que si pongo un huevo.

Pero a sus días cabales, la Antonia parió un crío rollizo como un cochinillo de destete.

Con el tiempo, a Argimiro Camuñas le iba costando cada vez más trabajo volar. Poco a poco se le empezaron a encoger las alas y el día de Todos los Santos, mientras sacaba agua del pozo, se le acabaron de caer. En el pueblo las querían poner en un relicario pero Don Luis el párroco dijo que no, que primero había que pedir permiso a Roma, así que, de momento, las pusieron en el casino, en la vitrina de los trofeos de tiro al pichón.

Argimiro Camuñas, la verdad es que ni siquiera las echaba de menos. Lo malo fue que a la gente le dio por decir que el Argimiro Camuñas tenía una virtud y por pasarle por las paletillas los décimos de la lotería. Unas veces tocaban y otras, en cambio, no. Pero es lo que decía el propio Argimiro Camuñas: "Como en este pueblo nunca pasa nada, alguna ilusión tendrán que tener".


Beatriz