DOBLE SALTO MORTAL

La muerte de Amanda B. estaba prevista para las 22:30 (hora local), tras el anuncio de Sopas Valor.

Dentro de quince minutos.

-Es la Única solución: o muere ella, o morirnos nosotros -repite Carlos D.

Tiene razón: Amanda y yo, la teleserie más cara del año, no ha alcanzado el éxito esperado. El público prefirió, prefiere, Ojos que no ven, aventuras de dos pícaros ciegos, Canal Maravillas, mismo horario.

Como solución, el equipo de guionistas aconsejó la muerte espectacular de la protagonista en el capítulo doce. Eva F. (mediocre actriz, famosa por su matrimonio con Giancarlo H.) aceptó de buen grado su defunción. La idea no era mala: Amanda, abandonada, se arrojaría al vacío desde el balcón de su dúplex (decorado 3): una reproducción exacta del famoso intento de suicidio -real- de Eva, tras romper con Giancarlo, el rey de la pizza. Morbo del bueno, la audiencia pegada a la pantalla. Si en el capítulo de hoy, que ya ha comenzado, se alcanzan los cuatro millones de espectadores, Sopas Valor continuará patrocinando la serie, y el próximo episodio comenzará con la imagen de Amanda/Eva milagrosamente enganchada en un tendedero (se aprovechará el decorado 6 de Patio de vecinos).
Si la audiencia no responde, la sopa se retira del proyecto, y Eva se habrá estrellado tan fatalmente como la serie.

22:20 h: alertados del cruel desenlace por la revista Telechisme, ya hay dos millones de almas esperando que Eva/Amanda comience a rebotar por los tendederos con resultado incierto. El índice de audiencia aumenta poco a poco.

Pero en la sala de control nadie sonríe. La llamada de ese pobre hombre ha puesto las cosas más difíciles: el tal Basilio dice que si Amanda se tira del balcón al final del capítulo, él hará lo mismo. Directivos y técnicos no miran a la pantalla (Amanda discute con su amante), sino al teléfono que sostiene Carlos D. (jefe de programas).
-No haga usted ninguna tontería; veré qué puedo hacer. No cuelgue.
Carlos D. tapa el teléfono con la mano y susurra una orden a todos:
-Seguimos adelante. Está loco.

A Basilio C. (espectador fiel número 986.453) no le importa esperar. Lleva una hora encaramado a la barandilla de su balcón (un noveno piso con vistas al cemento), y once capítulos enamorado de Amanda, de Eva, de las dos. Si salta ella, saltará él, no hay derecho. Amanda, dentro del televisor de Basilio, ha abandonado ya el chalé de su amante, llorando.

Cinco minutos para el salto. La sala de control se llena de remordimientos anticipados.
-Éste se tira. ¿Por qué no suspendemos la emisión mientras alguien convence a ese infeliz? Soy un realizador, no un verdugo.
-Amanda B. se tira hoy, señores -advierte Carlos D.-. Ella o nosotros. No voy a jugarmelo todo por un loco. Pronto llegaremos a los cuatro millones.
-Dos millones y medio de espectadores. Ojos que no ven nos lleva cinco puntos -anuncian los del departamento comercial.
-Tírese usted si le da la gana, ipirado! - grita el jefe de programas antes de arrojar el teléfono al suelo.

Basilio también ha tirado su teléfono: viéndolo caer desde lo alto, se imagina reventando contra la acera. Después, vuelve a mirar hacia su televisión, a través de la puerta del balcón: Amanda, abatida, sube hasta el dúplex por las escaleras de mármol (decorado 5).
-No lo hagas Amanda. Él no te merece. ¡Eres mejor que ese miserable! Pero Amanda, en el televisor, no oye los gritos de Basilio, que siente deseos de tirarse ya por no ver aquello, pero no, las damas primero, además la protagonista es ella, que ya ha entrado en su lujoso salón y mira hacia el balcón envuelta en lágrimas de colirio.
-Tres, dos, uno...identro! publicidad!

El Último anuncio de Sopas Valor dará un respiro a todos. A vuelta de publicidad, el suicidio.
-Después de "cucharadas de amor", pinchamos unidad móvil.
La orden de Carlos D. no la entiende casi nadie en la sala de control. Sólo Ignacio J. (informativos) conoce la brillante idea que hace media hora ha improvisado la Cadena: ya hay una cámara frente al portal de Basilio C. Listos para conexión.

-"Sopas Valor: cucharadas de amor".

Fin del anuncio. En pantalla aparece esa chica tan simpática de la sopa, con su gorrita y su micrófono verde, en directo. Al fondo se ve a un señor sobre la barandilla del balcón, y la chica nos explica que se llama Basilio, que está loco y que se va a tirar cuando se tire Amanda, pero que seguramente no se atreverá, porque estos locos mienten mucho, amagan y no dan, aunque quizás, quién sabe, por si acaso permanezcan atentos a sus pantallas.
-iBisección! -ordena la sonrisa de Carlos D.
Y en el televisor aparece una rayita de ésas que dividen la pantalla en dos: en la parte derecha, el capítulo doce de Amanda y yo; en la izquierda, la imagen de Basilio subido en el balcón.
-Tres millones. ¡Tres millones y subiendo! La idea del jefe está funcionando. La caprichosa audiencia se apunta al programa doble que ofrece esta noche Cadena Zoom. El espectáculo promete.
-Tres millones y medio. ¡Casi cuatro! Amanda/Eva, a la derecha, se asoma al balcón de su dúplex, llora y mira hacia abajo. Basilio, a la izquierda, llora y mira hacia su televisor. Cuatro millones de espectadores lloran -algunos- y miran a dos personas que están a punto de lanzarse desde un balcón color salmón (decorado 3) y desde otro azul cielo (portal 18, noveno B).
Semana siguiente, episodio trece: tras la sintonía, aparece la imagen de Amanda B., milagrosamente enganchada en unas cuerdas repletas de ropa húmeda. A esa misma hora, Basilio C., que no encontró ningún tendedero en su caída, descansa en el nicho 203, atormentado por una idea: va a perderse el capítulo de hoy.-